Es curioso como trabaja nuestro cerebro. Sin que nos demos cuenta, es capaz de engañarnos vilmente con la finalidad de simplificar las cosas para facilitarnos la vida y despreocuparnos. Nuestro propio cerebro está programado para hacer que nuestra percepción de la realizad sea la que nos dé menos trabajo, cuando la verdad puede que sea algo distinta.
Hay varios ejemplos que ilustran este hecho. Hay uno que me pareció muy divertido cuando lo escuché por primera vez. Es algo que pasa siempre y tiene la siguiente explicación.
Imaginemos que estoy realizando una tarea en la oficina, viene mi jefe y argumenta perfectamente que mi trabajo está mal hecho. La primerísima reacción que sale de nosotros, sin pensar, es negarlo todo. Aunque tengamos claro que el jefe tiene toda la razón, nuestro cerebro activa un mecanismo de protección contra el esfuerzo que representa tener que volver a reestructurarlo todo en base a los nuevos argumentos.
Analizándome a mí mismo me doy cuenta que he tenido esta reacción montones de veces a lo largo de mi vida. La conclusión a la que llego es que, cuando nos pase, debemos intentar que se note lo menos posible. Cuanto menos la exterioricemos y cuanto más razón tenga el otro, más pequeño será el sapo que nos tendremos que tragar.
Otro ejemplo ocurre con la vista. De hecho, este sentido nos engaña muchísimo.
Está claro que en la medida en la que nos hacemos mayores vamos perdiendo visión paulatinamente. Supongamos ya tenemos una edad, vamos por la calle convencidos que vemos perfectamente, de repente nos ponemos unas gafas y nos damos cuenta que vemos mucho mejor con ellas. Hasta ese momento no éramos conscientes que nuestra visión había mermado con el tiempo.
Esto ocurre por que nuestro cerebro, en su afán por no estresarnos, nos engaña haciéndonos creer que todo está bien y que vemos perfectamente.
Hay otros ejemplos visuales. En la imagen puede verse una especie de pieza de Lego que según desde donde la miremos parece que los pivotes sean cóncavos (como una antena parabólica) o convexos (como un espejo de tráfico)
Esto ocurre por que nuestro cerebro, dependiendo donde estén las partes oscuras, las interpreta como sombras y simplifica haciéndonos creer que la imagen se acerca o se aleja.
En definitiva, parece ser que el primero que nos engaña descaradamente es nuestro propio cerebro. Toda una paradoja, según se mire.
