Evolución convergente

Está claro que si algún día tenemos la oportunidad de ser visitados por seres de otros planetas, éstos no tendrán tentáculos por dedos ni nada por el estilo. Si son seres capaces de desarrollar una tecnología con la que construir una nave espacial, deberán tener un cuerpo que les permita tener la precisión requerida para tal fin. Ahora bien, ¿se parecerían a nosotros o serían totalmente distintos? Nuestra evolución parece indicar que seríamos muy semejantes.

 

Las teorías evolutivas coinciden en que los primeros organismos pluricelulares acuáticos eran esféricos y fueron desarrollándose hacia formas alargadas por el beneficio que les suponía poder moverse mejor en ese medio. Según se conoce, los cambios o mutaciones que conforman la evolución de las especies son fruto de errores genéticos, perjudiciales en un 70% y neutros o levemente beneficiosos en el 30% restante.

 

Volviendo al “gusano”, éste fue evolucionando muy lentamente, sofisticándose paulatinamente con nuevos órganos que le resultaban ventajosos para desenvolverse en su ambiente. Es lógico pensar que cuando se formaron los primeros ojos, éstos tenían que estar cerca de la boca, que es por donde se nutría el organismo. También es obvio que la ubicación de la boca tenía que estar en la parte anterior del gusano, por que era la zona por donde más cantidad de alimento podía obtener por como se desplazaba. Una vez fuera del agua, parece razonable que la nariz (sensor del olfato) esté cerca de la boca, por que es el lugar más cercano a la entrada de oxígeno hacia el interior del cuerpo. Lo mismo con las extremidades. Éstas facilitaban el movimiento y es racional pensar que se empezaron a formar en los costados de los seres vivos.

 

Si analizamos el conjunto de seres vivos que habitan en la tierra, peces, reptiles, aves, mamíferos, incluso los extinguidos dinosaurios, observamos que coinciden en el mismo modelo evolutivo. Todos somos semejantes en cuanto a que hemos evolucionado de forma simétrica, alargada, con los órganos sensoriales de vista, olfato y oído en la parte anterior y las extremidades en los costados del cuerpo. Esto se debe a lo que se denomina modelo de evolución convergente.

 

Si tenemos en cuenta que muchas de las formas de vida se basan en la depredación, parece casi imposible pensar en otra disposición de los órganos que beneficie la caza o la huida. ¿Es posible imaginar una máquina depredadora menos perfecta que un felino?

 

Centrémonos ahora en el hombre. ¿Por qué tenemos 2 y no 4 brazos? Porque venimos de una rama evolutiva que le ha beneficiado tener un máximo de 4 extremidades con las que, por ejemplo, poder galopar rápidamente al ser perseguidos por un enemigo más fuerte. ¿Por qué no tenemos 3 ojos o más? Porque el modelo de 2 ojos es el más sencillo y eficaz para percibir las distancias. ¿Por qué un animal tan inteligente como un delfín no puede fabricar un coche? La respuesta es obvia, el pobre delfín no está en el medio adecuado para evolucionar hasta poder trabajar en una fábrica apretando tornillos. El hombre camina erguido y ha evolucionado sus extremidades superiores hasta tener manos por que le ha facilitado poder fabricar simples utensilios con los que garantizar su existencia.

 

Todo parece evidenciar que pese a diferentes gravedades, climatologías, temperaturas, presiones o equilibrios químicos, el modelo evolutivo de seres vivos en otros planetas debería ser muy similar al nuestro.

 

En definitiva, el día que nos visite E.T. seguro que, más grande o más pequeño, con la piel más o menos gruesa, con o sin mascara para respirar su aire, se parecerá mucho a nosotros.

 

Nos engañamos descaradamente

Es curioso como trabaja nuestro cerebro. Sin que nos demos cuenta, es capaz de engañarnos vilmente con la finalidad de simplificar las cosas para facilitarnos la vida y despreocuparnos. Nuestro propio cerebro está programado para hacer que nuestra percepción de la realizad sea la que nos dé menos trabajo, cuando la verdad puede que sea algo distinta.

 

Hay varios ejemplos que ilustran este hecho. Hay uno que me pareció muy divertido cuando lo escuché por primera vez. Es algo que pasa siempre y tiene la siguiente explicación.

 

Imaginemos que estoy realizando una tarea en la oficina, viene mi jefe y argumenta perfectamente que mi trabajo está mal hecho. La primerísima reacción que sale de nosotros, sin pensar, es negarlo todo. Aunque tengamos claro que el jefe tiene toda la razón, nuestro cerebro activa un mecanismo de protección contra el esfuerzo que representa tener que volver a reestructurarlo todo en base a los nuevos argumentos.

 

Analizándome a mí mismo me doy cuenta que he tenido esta reacción montones de veces a lo largo de mi vida. La conclusión a la que llego es que, cuando nos pase, debemos intentar que se note lo menos posible. Cuanto menos la exterioricemos y cuanto más razón tenga el otro, más pequeño será el sapo que nos tendremos que tragar.

 

Otro ejemplo ocurre con la vista. De hecho, este sentido nos engaña muchísimo.

 

Está claro que en la medida en la que nos hacemos mayores vamos perdiendo visión paulatinamente. Supongamos ya tenemos una edad, vamos por la calle convencidos que vemos perfectamente, de repente nos ponemos unas gafas y nos damos cuenta que vemos mucho mejor con ellas. Hasta ese momento no éramos conscientes que nuestra visión había mermado con el tiempo.

 

Esto ocurre por que nuestro cerebro, en su afán por no estresarnos, nos engaña haciéndonos creer que todo está bien y que vemos perfectamente.

 

Hay otros ejemplos visuales. En la imagen puede verse una especie de pieza de Lego que según desde donde la miremos parece que los pivotes sean cóncavos (como una antena parabólica) o convexos (como un espejo de tráfico)

 

 

Esto ocurre por que nuestro cerebro, dependiendo donde estén las partes oscuras, las interpreta como sombras y simplifica haciéndonos creer que la imagen se acerca o se aleja.

 

En definitiva, parece ser que el primero que nos engaña descaradamente es nuestro propio cerebro. Toda una paradoja, según se mire.